Fuente: Comunas de la Ciudad



Un 7 de mayo de 1919, en un pueblito de la Provincia de Buenos Aires, nacía una niña que hizo historia en nuestro país. Una niña -que ya mujer- soñó con ser una gran actriz y para ello viajó a la “Gran Ciudad”. Una mujer que, como actriz, y por su enorme sentido de solidaridad con los más desprotegidos, con los que padecen, viajó a San Juan a participar de un festival en ayuda a las víctimas del terremoto sufrido por esa provincia y la región de Cuyo. Provincia en la que conoció al hombre que cambiaría los destinos de este país y se convertiría en el amor de su vida. Sí, el 7 de mayo de 1919 nació Evita, nuestra Evita. La líder espiritual del pueblo peronista, de los descamisados. Una luchadora que abrió el camino a la participación de las mujeres en la política y que nos indicó el rumbo a seguir en nuestra militancia. Sus enseñanzas hoy están más vigentes que nunca.
Una mujer que contra todos los prejuicios sociales vigentes en esa época enfrentó y combatió a lo peor de la oligarquía nacional. Les enseñó a las señoras paquetas que la solidaridad es trabajar por la integración de los que menos tienen, de los postergados, del pueblo obrero y no hacer beneficencia con lo que sobra, como pasatiempo en sus ratos de ocio. La solidaridad es una vocación y un compromiso, una convicción profunda y permanente. Un compromiso que debemos asumir todos los peronistas.
Evita nos enseñó que “representamos una raza forjada por mujeres de indomable espíritu” y tan humilde y sentida era su vocación política que nunca se cansaba de reiterar que “todo aquello que la mujer de mi país ansía obtener, es parte de mi programa de acción”
Evita es, fue y será un ejemplo de vida, de compromiso y de militancia. Recordémosla viva, con su espíritu incansable de lucha. Y como mujeres, como militantes, llevémosla presente siempre en nuestra mente y en nuestro corazón.
Siempre suena en mi mente unas palabras de la compañera Evita “antes de ser una realidad, prefiero ser la esperanza de la revolución. Porque así seré la eterna vigía de la revolución” Y ese es principalmente el legado que nos dejó: guiarnos en la lucha por un mundo sin desigualdades y un pueblo feliz.
33 años después, el 26 de julio de 1952, el pueblo argentino lloró su muerte, “la desaparición física de la compañera Evita, la abanderada de los humildes” Y comenzó un tiempo de ruptura que se evidenció con los bombardeos en Plaza de Mayo en 1955, el fusilamiento del General Valle y los compañeros que se levantaron contra el régimen de Aramburu y Rojas, la “Noche de los Lápices”, los 30.000 desaparecidos durante la última dictadura militar. Ruptura que se ve en la regresión en la distribución de la riqueza, en un modelo de acumulación económica que concentró el capital en las manos de unos pocos, principalmente extranjeros y volcados a la actividad especulativa, que destruyó la solidaridad, la pertenencia, la identidad, aquello que hoy los teóricos modernos denominan “capital social”
¿Qué pensaría ella hoy de los miles de niños que tienen hambre, de los jóvenes que no estudian ni trabajan, de las mujeres que a igual tarea que sus compañeros tienen menor remuneración? No es tiempo de lamentos, ella no nos lo perdonaría. Debemos trabajar, legislar, tomar las decisiones que haya que tomar, contra viento y marea para que este país retome el rumbo que el General Perón y Evita supieron darle a nuestra Nación porque como dice el Presidente Kirchner “De Perón y de Evita, hay que acordarse cuando se gobierna”
Por ello, compañeros, amigos, trabajemos junto al Presidente Kirchner para construir aquello que Perón y Evita empezaron allá por el 45, construyamos una Patria libre, justa y soberana; un país en serio.

Por Silvia La Ruffa
Diputada de la Ciudad
Frente para la Victoria