Fuente: La Nación

Victoria Russo
LA NACION


Los vecinos del barrio porteño de Villa Devoto se reunieron, como tantas noches, en el salón del club social Laureles Argentinos, situado en el pasaje con el mismo nombre, a 50 metros del penal de Devoto. Los habitantes del barrio disfrutaban del encuentro entre amigos en una noche que parecía tranquila.

Un fuerte ruido cortó la diversión. Los vecinos se alarmaron al notar que los golpes provenían del piso. En un instante, se quebró una baldosa. Luego otra y otra. Una mano se asomó del suelo. Era un convicto que, tras meses de la "construcción" de un sofisticado túnel, llegó al club para concretar su fuga.

La curiosa anécdota no es la única que cuentan los habitantes del barrio, que no se cansan de asegurar que la ubicación del penal les causa un perjuicio constante y creciente.

Los gritos de los detenidos y de sus familiares, la falta de higiene en calles, llamadas telefónicas y amenazas de los convictos hacia los vecinos y hasta el secuestro virtual de un gato son algunas de las quejas que transmiten con indignación y sin resignarse a lo que les sucede.

"Hemos sufrido secuestros virtuales, vemos cómo los familiares de los detenidos tiran paquetitos [en la jerga carcelaria los llaman palomas] desde la calle a las celdas. Hasta arreglan futuros delitos a los gritos", dijo a LA NACION, Gonzalo Aguiar, uno de los integrantes de la asociación vecinal Devoto Sin Cárcel.

El Complejo Penitenciario Federal de la Ciudad Autónoma ex U2, conocido como el penal de Villa Devoto, situado en la manzana delimitada por las calle Bermúdez, Desaguadero, Pedro Lozano y Nogoyá, fue inaugurado en 1923. Se comenzó a construir en 1917. El establecimiento de casi 30.000 metros cuadrados y con capacidad para 1694 presos solía ser una cárcel de contraventores. Norberto Maraguti, secretario de la Junta de Estudios Históricos de Villa Devoto, explicó que el barrio nació en 1889.


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Juan Carlos Salguero tiene 62 años y hace 34 que vive en el barrio. "La cárcel se convirtió en una enorme mirilla desde donde los presos nos espían. Están sin hacer nada las 24 horas y estudian todos nuestros movimientos", dijo.

Roxana nació hace 41 años en Villa Devoto. Vive en las cercanías de la cárcel y jura que vive su vida con paranoia. "Intentaron asaltar a mi hija, sobre una de las calles de la cárcel. A mí me miran todo el tiempo, elogian o critican mi ropa a los gritos porque me tienen vigilada desde la ventana. No se puede vivir así", dijo.



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Los vecinos aseguran que hicieron presentaciones ante los diferentes ministros de Justicia y Seguridad que se fueron sucediendo. "Este año le realizamos un pedido a Aníbal Fernández [actual jefe de Gabinete], cuando ocupaba el puesto de ministro de Justicia. El nos conectó con el jefe del Servicio Penitenciario Federal, Alejandro Marambio, quien nos dijo que había un plan para trasladar el penal. Según sus palabras, para 2010 iba a estar terminada una etapa de la construcción en Mercedes, [provincia de Buenos Aires]", dijo Aguiar.

Fuentes del servicio penitenciario dijeron a LA NACION que "existe la necesidad de un traslado de la cárcel", pero que nunca se comprometieron con fechas de traslado. Además, aseguraron que la construcción de los penales no dependía de ellos.

La legisladora porteña del Frente para la Victoria Silvia La Ruffa, que en 2004 presentó un proyecto de declaración para que el Poder Ejecutivo porteño hiciera las gestiones necesarias ante el gobierno nacional para el traslado de la cárcel, dijo a LA NACION: "Conozco el reclamo de los vecinos y los perjuicios que el mantenimiento de la cárcel en Devoto les crea en el valor de la propiedad. Me da la sensación de que el traslado está frenado porque se realizaron remodelaciones" en el penal.

Chips ilegales
En los alrededores de la cárcel, se instalaron varios comercios que prestan servicios a los familiares de los presos que van a verlos. Desde alquiler de ropa para visitar a los convictos, hasta la venta de comidas al paso. "Hay casas tomadas que venden tarjetas de celulares para los familiares y hasta liberan los chips de los teléfonos", cuenta Aguiar.

Mercedes, vecina del barrio hace más de 20 años, dijo: "Los familiares de los presos tienen que pagar para ir al baño del penal. Muchos -contó- se niegan a pagar, por lo que hacen sus necesidades en la calle y cambian a los bebes arriba de los autos estacionados". La vecina precisó: "Hay algunos familiares que son vendedores ambulantes. Nos exigen que les compremos mercadería".

El pedido de traslado de la cárcel es enfático, tan fuerte como la incertidumbre por saber qué sucederá en ese terreno si se desocupa. "Vemos la desidia de los gobernantes. Tememos que una vez que saquen la cárcel se convierta en una villa", dijo Aguiar.